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Entradas

¿Cuánta tierra necesita un hombre?

  Autor:  León Tolstói Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra.” Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad. “Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada.” Así que decidió hablar con su esposa. -Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. L...

Cultivo Una Rosa Blanca

  Autor: José Martí Cultivo una rosa blanca en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca. Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo; cultivo la rosa blanca.

La cigarra y la hormiga

Autor: Jean de La Fontaine Durante todo un verano, una cigarra se dedicó a cantar y a jugar sin preocuparse por nada. Un día, vio pasar a una hormiga con un enorme grano de trigo para almacenarlo en su hormiguero. La cigarra, no contenta con cantar y jugar, decidió burlarse de la hormiga y le dijo: —¡Qué aburrida eres!, deja de trabajar y dedícate a disfrutar. La hormiga, que siempre veía a la cigarra descansando, respondió: —Estoy guardando provisiones para cuando llegue el invierno, te aconsejo que hagas lo mismo. —Pues yo no voy a preocuparme por nada —dijo la cigarra—, por ahora tengo todo lo que necesito. Y continuó cantando y jugando. El invierno no tardó en llegar y la cigarra no encontraba comida por ningún lado. Desesperada, fue a tocar la puerta de la hormiga y le pidió algo de comer: —¿Qué hiciste tú en el verano mientras yo trabajaba? —preguntó la hormiga. —Andaba cantando y jugando —contestó la cigarra. —Pues si cantabas y jugabas en verano —repuso la hormiga—, sigue canta...

Un millón de amigos

Compositores: Erasmo Esteves / Howard Dean Mc Cluskey / Roberto Carlos Braga Yo solo quiero mirar los campos Yo solo quiero cantar mi canto Pero no quiero cantar solito Yo quiero un coro de pajaritos Quiero llevar este canto amigo A Quien lo pudiera necesitar Yo quiero tener un millón de amigos Y así más fuerte poder cantar Yo quiero tener un millón de amigos Y así más fuerte poder cantar Yo solo quiero un viento fuerte Llevar mi barco con rumbo norte Y en el trayecto voy a pescar Para dividir luego al arribar Quiero llevar este canto amigo A quien lo pudiera necesitar Yo quiero tener un millón de amigos Y así más fuerte poder cantar Yo quiero tener un millón de amigos Y así más fuerte poder cantar Yo quiero creer la paz del futuro Quiero tener un hogar sin muro Quiero a mi hijo pisando firme Cantando alto, sonriendo libre Quiero llevar este canto amigo A quien lo pudiera necesitar Yo quiero tener un millón de amigos Y así más fuerte poder cantar Yo quiero tener un millón de amigos Y a...

El príncipe feliz

Autor: Oscar Wilde En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada. Por todo lo cual era muy admirada. -Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico. Y realmente no lo era. -¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito. -Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa. -Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarla...

Caminante no hay camino

  Autor:  Antonio Machado Incluida en: Campos de Castilla Proverbios y cantares (XXIX) Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar.

El Labrador y sus hijos

  Autor: Félix María Samaniego Un labrador estando ya muy cercano á la muerte, llamó á sus hijos, y les dijo: hijos mios, ántes que yo muera, deseo instruiros de todo, y así os digo, que yo dejo todos mis bienes en nuestra viña; cuando quisiereis partirlos entre vosotros, buscadlos en ella, y allí los hallaréis. Despues de haber fallecido el padre se fueron ellos á la viña á buscar los bienes que el padre habia dicho, y creyendo hallar un tesoro, cabaron la viña con mucho afan, y con todos los instrumentos que se necesitan para cultivar la viña, y no hallaron el tesoro que creian; pero como la viña fué muy bien cabada, dió mucho fruto aquel año: y partiéndoselo entre sí, dijo uno de ellos: el fruto de la viña es sin duda el tesoro que el padre nos ha dejado. Del continuo trabajo se saca el tesoro.  Moraleja: El hombre que tiene oficio, lleva consigo su patrimonio.

El maestro y la taza de té

  Adaptado de un cuento zen tradicional. Hace mucho tiempo, en un valle silencioso, vivía un muchacho con un hambre insaciable de conocimiento. Había oído hablar de un anciano maestro, un sabio ermitaño que vivía en una pequeña cabaña en la montaña, y decidió buscarlo con la esperanza de convertirse en su discípulo. Al encontrarlo, el muchacho le expuso su deseo con entusiasmo. El maestro, de mirada serena, lo escuchó en silencio y, con una leve sonrisa, asintió. — Está bien —dijo con voz mansa—. Ven mañana cuando el primer rayo de sol toque la cumbre y comenzaremos. El joven, incapaz de dormir por la emoción, llegó a la cabaña mucho antes de la hora acordada. Esperó impaciente hasta que el cielo se tiñó de rosa. Al fin, la puerta se abrió. — Pasa, muchacho —le invitó el viejo—. Antes de nada, compartamos un té. Sentó al joven a una mesa de madera desgastada y puso una taza vacía frente a él. Cogió la tetera y comenzó a servir el líquido ámbar. El aroma inundó...

Mapa

  Interpreta: Siddhartha Avienta las cobijas Levanta ya esa habitación Abriendo las cortinas Dejando que te pegue el Sol Y, luego, ya sal de ahí Aunque ahora no entiendas nada Salir a encontrarte a ti Y me digas dónde estoy ¿Y ahora qué? Si ya no hay regreso a mi casa Empezaré desde las ruinas de mi alma ¿A dónde iré? Si ya no hay cruces en el mapa Me alejaré miles de millas en el mar Prepara las maletas Apaga ya tu reflector Soltando lo que aprietas Dejando que te lleve el flow Y, ahora, ya sal de ahí Entrega y no esperes nada Salir a buscar y al fin Descubrir a dónde voy ¿Y ahora qué? Si ya no hay regreso a mi casa Empezaré desde las ruinas de mi alma ¿A dónde iré? Si ya no hay cruces en el mapa Me alejaré miles de millas en el mar ¿Y ahora qué? Si ya no hay regreso a mi casa Empezaré desde las ruinas de mi alma ¿A dónde iré? Si ya no hay cruces en el mapa Me alejaré miles de millas en el mar

La última hoja

Autor: O. Henry En un pequeño distrito al oeste de Washington Square las calles se han vuelto locas y se han dividido en pequeñas franjas llamadas "lugares". Estos "lugares" forman extraños ángulos y curvas. Una calle se cruza a sí misma una o dos veces. Un artista descubrió una vez una valiosa posibilidad en esta calle. Supongamos que un cobrador con una cuenta de pinturas, papel y lienzos, al atravesar esta ruta, se encontrara de repente volviendo, sin haber recibido un centavo a cuenta. Así pues, la gente del arte no tardó en llegar al pintoresco y viejo Greenwich Village, a la caza de ventanas al norte y frontones del siglo XVIII, áticos holandeses y alquileres bajos. Luego importaron algunas tazas de peltre y uno o dos calientaplatos de la Sexta Avenida, y se convirtieron en una "colonia". En la parte superior de un edificio de tres pisos, Sue y Johnsy tenían su estudio. "Johnsy" era familiar para Joanna. Una era de Maine; la otra, de Califo...

Invictus

Autor: William Ernest Henley Apartado de la noche que me envuelve Negra como el aljibe de polo a polo, Doy gracias a los dioses quienesquiera que sean Por mi espíritu indomable. En las garras del instante No me he estremecido ni llorado a gritos. Bajo los golpes del azar Mi cabeza está cubierta de sangre, pero no se dobla. Más allá de este lugar de ira y lágrimas Inminente es sólo el Horror de la sombra, Y todavía la amenaza de los años Me encuentra y me encontrará libre de temor. No importa lo estrecha que sea la puerta, Cuán llena de castigos la bóveda Yo soy el amo de mi propio destino, Yo soy el capitán de mi alma.

El roble y el junco

Autor: Jean de La Fontaine Cuentan que una vez crecieron juntos un junco y un roble. Con el paso de los años, el roble se convirtió en un árbol enorme y majestuoso. Orgulloso de su tamaño y fortaleza, comenzó a menospreciar al pequeño junco. —¡Qué pequeño y débil eres! —le decía con tono burlón—. Ni siquiera tienes ramas, y tu tallo no soportaría el peso de una sola de las mías. Mira en cambio mi tronco: fuerte, robusto y poderoso. Soy mucho más grande que tú. El junco escuchaba en silencio y continuaba creciendo junto al río, sin responder a las provocaciones del roble. Un día, una gran tormenta se abatió sobre la comarca. Los vientos soplaron con una fuerza jamás vista. El roble, confiado en su poder, se mantuvo firme y desafiante frente al huracán. El junco, en cambio, se inclinaba una y otra vez siguiendo la dirección del viento. La tormenta se volvió cada vez más intensa. El viento golpeó con tal fuerza al roble que terminó arrancándolo de raíz y derribándolo sobre el suelo. Cuand...

La Renovación del Águila

El águila es el ave de mayor longevidad de su especie; puede llegar a vivir hasta 70 años. Sin embargo, para alcanzar esa edad, alrededor de los 40 años deberá tomar una seria y difícil decisión. A esa edad, sus uñas se vuelven largas y flexibles, dificultándole atrapar las presas de las que se alimenta. Su pico, largo y puntiagudo, se curva hacia su pecho. Sus alas envejecen, sus plumas se vuelven gruesas y pesadas, y volar comienza a resultarle cada vez más difícil. Entonces el águila tiene solamente dos alternativas: morir o enfrentar un doloroso proceso de renovación que durará aproximadamente 150 días. Para ello, vuela hasta la cima de una montaña y se refugia en un nido cercano a un paredón rocoso, donde no tenga necesidad de volar. Una vez allí, comienza a golpear su pico contra la roca hasta desprenderlo por completo. Después espera pacientemente a que crezca uno nuevo. Cuando el nuevo pico ha nacido, lo utiliza para arrancarse una a una las viejas uñas. Y cuando las nuevas uña...

Hoy

Canta: Gloria Estefan Tengo marcado en el pecho Todos los días que el tiempo No me dejó estar aquí Tengo una fe que madura Que va conmigo y me cura Desde que te conocí Tengo una huella perdida Entre tu sombra y la mía Que no me deja mentir Soy una moneda en la fuente Tú, mi deseo pendiente Mis ganas de revivir Tengo una mañana constante Y una acuarela esperando Verte pintado de azul Tengo tu amor y tu suerte Y un caminito empinado Tengo el mar del otro lado Tú eres mi Norte y mi Sur Hoy voy a verte de nuevo Voy a envolverme en tu ropa Susúrrame en tu silencio Cuando me veas llegar Hoy voy a verte de nuevo Voy a alegrar tu tristeza Vamos a hacer una fiesta Pa' que este amor crezca más Tengo una frase colgada Entre mi boca y mi almohada Que me desnuda ante ti Tengo una playa y un pueblo Que me acompañan de noche Cuando no estás junto a mí Tengo una mañana constante Y una acuerla esperando Verte pintado de azul Tengo tu amor y tu suerte Y un caminito empinado Tengo el mar del otro lad...

El patito feo

  Por: Hans Christian Andersen ¡Qué lindos eran los días de verano! ¡Qué agradable resultaba pasear por el campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras! Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos flamencos, que se paraban un rato sobre cada pata. Sí, era realmente encantador estar en el campo. Bañada de sol se alzaba allí una vieja mansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales eran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo de ellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de sobra para que naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá comenzaba a perder la paciencia, pues casi nadie venía a visitarla.  Al fin los  huevos se abrieron uno tras...