Todos los días, al salir del colegio, Yasú visitaba a su abuelo para acompañarle en la hora del té. Aquel era un momento muy divertido para ella, ya que Danno (así se llamaba su abuelo) le contaba historias, le enseñaba juegos y le leía poemas.
Pero hoy era un día especial... ¡Yasú cumplía diez años y Danno siempre conseguía sorprenderla con un regalo muy especial!
Tras tomar el té y leerle su poema favorito, Danno sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña bolsa hecha con cuerda de pita para entregársela a Yasú. Ella, con una amplia sonrisa en el rostro, procedió a abrirla para descubrir qué había en su interior.
Seguidamente miró a su abuelo y le preguntó:
—Son semillas, ¿verdad?
Y así era. Eran siete semillas de bambú, pero de un bambú especial...
Danno explicó a Yasú que, para poder disfrutar del regalo, tendría que ser muy cuidadosa y constante, llevando a cabo los siguientes pasos día tras día:
- Busca un hueco en el patio donde solo vayan a estar plantadas estas semillas.
- Haz un agujerito para cada una de ellas y tápalo. Recuerda que será necesario hacer un pequeño montículo de arena en cada sitio donde hayas plantado una semilla.
- Todas las mañanas, cuando te levantes, deberás regar con abundante agua cada uno de esos montículos (a no ser que esté lloviendo).
- Pase lo que pase, no olvides ser constante. ¡De esto depende tu regalo!
A Yasú, esta última frase le creó cierta incertidumbre y, al preguntarle a su abuelo por aquel último punto de las instrucciones, este contestó:
—Cada cosa a su tiempo.
Al llegar a casa, Yasú buscó el mejor sitio de su patio para plantar las semillas que llevaba en la bolsa. Hizo siete agujeros para colocar en cada uno de ellos una semilla y los cubrió sin olvidarse de hacer encima de cada uno el correspondiente montículo de arena.
A la mañana siguiente, antes de ir al colegio, Yasú regó abundantemente las semillas, tal y como le había indicado su abuelo, y repitió esta acción durante siete días con la esperanza de ver asomar un pequeño brote del magnífico bambú.
El tiempo transcurría y Yasú seguía regando cada mañana los pequeños montículos de arena que había en su patio... ¡Pero allí no pasaba nada!
Consciente de la sabiduría de Danno, continuó con el ritual y así pasaron dos semanas, tres semanas, un mes... ¡Y allí no pasaba nada!
Pero Yasú siguió regando las semillas. Sabía que su abuelo nunca mentía y estaba convencida de que el bambú estaría a punto de asomarse.
Y así pasaron dos meses, tres meses, cuatro meses, cinco meses... ¡Un año!
Y en aquellos montículos seguía sin aparecer nada.
Fue entonces cuando Yasú empezó a dudar de si estaba siguiendo correctamente los pasos que su abuelo le había aconsejado. Pensaba que, tras un año de cuidados, aquellas semillas tendrían que haber germinado y, al menos, mostrar algún pequeño brote sobre la superficie.
Pero este pensamiento no la detuvo.
Así pasaron dos años, tres años, cuatro años...
¿Dónde estaban los pequeños brotes que Yasú esperaba?
¿Se habrían muerto las semillas a causa del riego diario?
Su abuelo siguió aconsejándola y le prometió que, si continuaba siguiendo las instrucciones que le había dado cinco años atrás, contemplaría una verdadera maravilla de la naturaleza.
Por ello, Yasú retomó fuerzas y continuó cuidando su regalo de cumpleaños.
El transcurso del sexto año fue muy largo. Pero al llegar al séptimo cumpleaños de aquellas semillas, Yasú pudo ver emocionada siete pequeños brotes verdes de bambú japonés.
Y lo más asombroso aún fue que, en un período de tan solo seis semanas, las plantas crecieron más de treinta metros.
Durante todo ese tiempo, el bambú se había encargado de desarrollar un complejo sistema de raíces que le permitiría sostener el extraordinario crecimiento que tendría después de aquellos largos años.
Moraleja
Nunca os deis por vencidos.
Dedicad tiempo a las cosas que deseáis conseguir y, sobre todo, sed pacientes.
¡Lo bueno se hace esperar!
Segunda versión
Érase una vez dos agricultores que, camino al mercado, se pararon en el puesto del viejo vendedor de semillas sorprendidos por unas semillas que nunca habían visto antes.
—Mercader, ¿qué semillas son estas? —preguntó uno de ellos.
—Son semillas de bambú y son muy especiales —contestó el mercader.
—¿Y por qué son tan especiales? —indagaban los otros.
—Es difícil de explicar. Llevároslas y luego ya lo veréis vosotros mismos. Además, solo necesitan agua y abono. —les respondió.
Los dos agricultores, curiosos e intrigados por esas semillas tan especiales, decidieron llevarse un puñado cada uno.
¿Cuál sería el secreto que escondían? ¿En qué se convertirían?
Una vez en sus tierras, los agricultores plantaron las semillas y siguiendo las indicaciones del mercader, empezaron a regarlas y a abonarlas con mimo.
Pero pasaban los días, las semanas y los meses y, mientras las demás semillas ya habían crecido (y sus plantas dado sus frutos), las semillas de bambú no germinaban, no pasaba nada.
Entonces, uno de los agricultores, muy enfadado de estar trabajando en vano, le dijo al otro:
—Aquel viejo mercader nos engañó con las semillas. ¡De estas semillas jamás saldrá nada!.
Y entonces, preso de la rabia, decidió dejar de cuidarlas.
Aún así, y aunque tampoco daba saltos de alegría, su amigo decidió que, ya que estaba, seguiría regando y abonando las semillas como un último acto de fe y porque, al estar dentro de su rutina, no le costaba mayores sacrificios.
Siguieron pasaron los meses.
Y luego un año entero.
Y dos.
y tres…
Hasta 7 —sí, 7— cuando entonces «chas», sucedió la magia y, en solo 6 semanas, el bambú creció, creció y creció… hasta los 30 metros.
Entonces, ¿cómo era posible que el bambú tardara 7 años en germinar y que en solo 6 semanas pudiera alcanzar ese gran tamaño? ¿Creció en un plazo de 6 semanas? ¿Era eso viable?
Pues claro que no.
En realidad, las semillas necesitaron 7 años y 6 semanas.
En los 7 primeros años, el bambú tuvo que generar un sistema de raíces complejo y necesario para luego poder crecer de una forma tan rápida.
No estaba inactivo, estaba preparándose.
