Autor: Jorge Bucay
El carpintero que había contratado para que me ayudara a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro día trabajo. Su cortadora eléctrica se estropeó y le hizo perder una hora de su trabajo, y su antiguo camión se negaba a arrancar. Mientras lo llevaba a su casa, se sentó en silencio.
Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación: su bronceada cara estaba con una inmensa sonrisa. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Posteriormente, me acompañó hasta el coche. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que le había visto hacer un rato antes.
– ¡Oh! Ese es mi árbol de los problemas -contestó-. Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa ni a mis hijos. Así que, simplemente, los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, en la mañana, los recojo otra vez. Lo divertido es –dijo sonriendo- que cuando en la mañana a recogerlos, ni remotamente hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.
